La promoción de
estilos de vida saludables implica conocer aquellos comportamientos que mejoran
o socavan la salud de los individuos. McAlister (1981) entiende por conductas
saludables aquellas acciones realizadas por un sujeto, que influyen en la
probabilidad de obtener consecuencias físicas y fisiológicas inmediatas y a
largo plazo, que repercuten en su bienestar físico y en su longevidad. En la
actualidad, se conoce un número importante de comportamientos relacionados con
la salud, apresados a través de la investigación epidemiológica. A continuación
exponemos algunos de los más importantes (Oblitas, 2000, 2003, 2004, 2004a):

1. Practicar ejercicio físico. Realizar una actividad física de modo regular
(ej., dar largos paseos) es el vehículo más adecuado para prevenir el comienzo
de las principales patologías físicas y psicológicas que afectan a la sociedad
desarrollada. También es útil para atenuar el grado de severidad cuando el
sujeto ya presenta la enfermedad (Haskell, 1984). Una actividad física
moderada, realizada regularmente, repercute beneficiosamente en la salud. Los
principales beneficios del ejercicio sobre la salud tienen que ver con la
prevención de los problemas cardiovasculares (Haskell, 1984). Las personas que
realizan asiduamente ejercicio físico corren menos riesgo de desarrollar y de
morir de una dolencia coronaria. También ayuda a controlar el peso, a
normalizar el metabolismo de los carbohidratos y de los lípidos...
También
aporta beneficios psicológicos, pues se ha visto que la realización de una
actividad física regular reporta beneficios considerables a la persona. En
primer lugar, una actividad física enérgica practicada regularmente reduce los
sentimientos de estrés y ansiedad. El ejercicio y la buena forma física puede
proteger a la gente de los efectos perjudiciales del estrés sobre la salud.
Varias investigaciones (ej., Blumenthal y McCubbin, 1987) han mostrado una
fuerte evidencia que la realización de ejercicio o gozar de buena salud
contribuye a la estabilidad emocional, fruto de la reducción de la ansiedad, la
depresión y la tensión. En segundo lugar, aquellos individuos que siguen
programas para estar en forma informaron que mejoraron en sus actitudes y
actividad laboral (ej., Folkins y Sime, 1981). En tercer lugar, la
participación en una actividad física regular contribuye a la mejora del
autoconcepto del sujeto (Sime, 1984), porque las personas que realizan
ejercicio mantienen más fácilmente el peso adecuado, presentan un aspecto más
atractivo y se suelen implicar de modo exitoso en distintos deportes y
actividades físicas.

2. Nutrición adecuada. En
términos de efectos en la salud, los hábitos alimentarios de las personas que
viven en las sociedades desarrolladas, han pasado desde los estragos de las
deficiencias dietéticas de principios de siglo, a los estragos derivados del
exceso, en las últimas décadas. Una nutrición correcta se hace imprescindible
para lograr un estado saludable. De hecho, la mayor parte de las enfermedades
actuales guardan una estrecha relación con la dieta alimenticia (ej., la
diabetes, la caries dental). Una buena práctica nutricional se caracteriza por
una dieta equilibrada, que contenga todas las sustancias nutritivas esenciales
(ej., minerales, vitaminas, proteínas), y un consumo adecuado, evitando una
ingesta excesiva de alimentos. O dicho de otro modo, la dieta saludable es
aquella que minimiza el riesgo de desarrollar enfermedades relacionadas con la
nutrición (Hegsted, 1984). Las dietas saludables proporcionan una
cantidad adecuada de todos los nutrientes esenciales para las necesidades
metabólicas del organismo. Además de agua, los alimentos contienen cinco tipos
de componentes químicos que aportan nutrientes específicos para el buen
funcionamiento del organismo: carbohidratos, lípidos, proteínas, vitaminas y
minerales (Holum, 1987).
Las
dos principales causas de morbilidad y mortalidad de la década de los 90, las
enfermedades cardiovasculares y el cáncer, se deben en gran medida a
comportamientos nutricionales inadecuados. Por ejemplo, enfermedades como el
cáncer de colon, el estreñimiento y la diverticulosis se han relacionado con
dietas pobres en fibras. Dietas ricas en grasa y sal favorecen la
hipercolesteremia y la hipertensión, dos importantes factores de riesgo de la
enfermedad cardíaca (Costa y López, 1986).
Cabe
señalar que entre los hábitos alimenticios más recomendables para implantar, se
encuentran la disminución del consumo de grasas animales, aumento del
consumo de leche, patatas y especialmente verduras, frutas y alimentos de alto
contenido en fibra, reducir el consumo de azúcar, dulces y harinas refinadas y
evitar el consumo excesivo de alcohol. Esto es, nuestra dieta para que
sea equilibrada debe aportarnos todos los nutrientes básicos y la fibra
necesaria a nuestras necesidades, a base de ingerir diversos alimentos de los
cuatro grupos básicos: cereales, frutas y vegetales, productos lácteos y carnes
y pescados (Nelson, 1984).
Por
último, la mayoría de la gente que come saludablemente no necesita consumir
suplementos vitamínicos u otros nutrientes. Sin embargo, algunas poblaciones
especiales, como por ejemplo las mujeres embarazadas, necesitan una cantidad
extra de nutrientes, que aunque se pueden proporcionar introduciendo
modificaciones en su dieta, es recomendable que tomen suplementos (ej., hierro)
(Hegsted, 1984).

3. Adoptar comportamientos de seguridad. Las tasas de muerte por accidentes persisten
como la tercera causa de muerte en los países desarrollados. La mayor parte de
los accidentes podrían ser evitados, pues la mayoría de ellos son ocasionados
por la conducta de los individuos. Comportamientos inapropiados en el
manejo de automóviles, medicamentos, armas blancas y de fuego, sustancias tóxicas,
fuego, etc, son una fuente considerable de lesiones (Robertson, 1984).
Aproximadamente las dos terceras partes de las muertes por accidente no son
intencionadas. La mayor parte de las lesiones se deben a los accidentes
automovilísticos y a los ocurridos por fuego.
Si
excluimos el primer año de vida, las lesiones se convierten en la causa
principal de muerte durante las primeras cuatro décadas de vida del individuo.
La mitad de las muertes en los niños y adolescentes también se deben a los
accidentes. Se pierden más años de trabajo por lesiones y muerte relacionadas
con los accidentes que por ninguna otra causa. Los jóvenes, los pobres y las
personas de edad avanzada sufren más lesiones que el resto de la población. Los
mineros y los trabajadores de industrias y agrícolas son el colectivo que
presentan un mayor número de lesiones incapacitantes (Waller, 1987).
Especial
mención merecen los accidentes de tráfico, por sus consecuencias nefastas. Tal
y como ya hemos mencionado, los accidentes de tráfico se llevan la palma en
cuanto a mortalidad y morbilidad. Dan cuenta de aproximadamente la mitad de
todas las muertes debidas a accidentes. Las tasas de mortalidad derivadas de
los accidentes de vehículos de motor se incrementan de modo alarmante durante
la adolescencia. Los jóvenes entre 15 y 19 años presentan una probabilidad de
dos veces y media mayor de morir en un accidente de circulación que las jóvenes
de su misma edad (Matarazzo, 1984a; Piédrola, 1988).
Ahora
bien, la mayor parte de estos accidentes pueden evitarse y es posible que
muchas de las lesiones derivadas de los mismos se eliminen, o por lo menos, se
reduzcan, adoptando cuatro medidas generales de prevención (Haddon y Baker,
1981): 1) eliminar los agentes físicos (ej., armas de fuego); 2) reducir la
cantidad del agente (ej., velocidad de los vehículos); 3) evitar la liberación
del agente (ej., dispositivos de sujeción en los vehículos); y, 4) cambiar
superficies, estructuras o productos peligrosos (ej., automóviles).
Nosotros
creemos que un objetivo específico de la psicología de la salud es lograr un
cambio conductual en todas estas prácticas, en la dirección de promover el uso
del cinturón de seguridad en los automóviles, reducir la exposición de los
niños a factores de riesgo, etc.

4. Evitar el consumo de drogas. Uno de los tres problemas que más preocupan a
nuestros ciudadanos son las drogas. En la sociedad actual el uso de drogas
ilegales (heroína, cocaína, marihuana, etc.) y legales (alcohol, tabaco y
drogas de prescripción) es un fenómeno que ha adquirido gran relevancia. Estas
sustancias son una fuente de problemas de salud, dando lugar a diferentes
clases de cánceres, enfermedades del aparato respiratorio, cardiopatía
isquémica, enfermedades cerebrovasculares, etc. (ej., Schukitt, 1995).
Una
de las muchas clasificaciones existentes en el ámbito de las drogodependencias
contempla la diferenciación entre drogas legales e ilegales. Las sustancias
legales son aquellas que su venta y consumo está permitido por la ley. El
tabaco y el alcohol son el ejemplo por excelencia de esta categoría de drogas
institucionalizadas, además de ser las más consumidas por la población y las
que generan más problemas sociosanitarios. Por ejemplo, las cifras de
mortalidad al año por muertes prematuras a causa del tabaco se aproxima a
390.000 en EE.UU., 500.000 en Europa, 44.000 en España y 14.000 en México
(Becoña, 1994a). Sin lugar a dudas, es la principal causa de muerte prevenible
en el mundo, con un total de tres millones de defunciones al año. Más que todas
las que provocan la suma juntas del alcohol, las drogas ilegales, los
homicidios, los suicidios, los accidentes de coche y el SIDA.
Por
contra, la venta y el consumo de drogas ilegales carecen de reconocimiento
legal. En los últimos años, este tipo de drogas han creado muchos problemas
serios en nuestro medio. Los problemas, sin embargo, son principalmente
de índole social y no relacionados con la salud física. La gente que muere como
consecuencia de los efectos de las drogas ilegales es muy poca, si la
comparamos con la generada por el tabaco y el alcohol.
Tanto
las drogas legales como las ilegales representan un peligro potencial para la
salud. Sin embargo, las drogas ilegales presentan ciertos riesgos a diferencia
de las legales, sin tener en cuenta los efectos farmacológicos. Por ejemplo,
este tipo de sustancias pueden ser vendidas como un tipo de droga cuando
realmente son otra; contienen otro tipo de sustancias que pueden ser por sí
mismas peligrosas para la salud; falta de medidas higiénicas durante la
administración; el consumidor no tiene asegurada la dosis por motivos
económicos o de demanda y un largo etcétera. También son un foco de problemas
de índole social, pues los consumidores producen inseguridad ciudadana, tráfico
de drogas, crímenes, robos, etc. Otros problemas importantes que generan las
mismas son de tipo laboral y económico.
En
resumen, todas las drogas tienen capacidad de generar adicción, pero
precisamente la peculiaridad de una sustancia viene dada por los problemas de
salud, económicos, y sociales que genera, dándose enormes diferencias en dicha
tríada. Así, por ejemplo, mientras el tabaco es la droga que causa mayor
mortandad, el alcohol es la que produce mayores problemas sociales, laborales y
económicos (Becoña, 1995). Por tanto, es necesario que el uso de tales
sustancias sea eliminado o reducido al mínimo, en el peor de los casos.

5. Sexo seguro. Cada
año millones de personas, la mayoría de ellos jóvenes, contraen enfermedades
transmitidas sexualmente (ej., gonorrea, herpes). Estas enfermedades han sido
siempre potencialmente peligrosas, pero durante los últimos 40 años, la mayoría
pueden ser tratadas eficazmente. Sin embargo, en la década de los años 80 la
irrupción en escena del SIDA cambió completamente el panorama. El SIDA consiste
en la presentación de una o varias enfermedades (ej., sarcoma de Kaposi) como
consecuencia de la infección previa producida por el virus de inmunodeficiencia
humana (VIH). Además, en pacientes afectados, el SIDA es una enfermedad
contagiosa debida precisamente al virus VIH. Éste se encuentra en numerosos
fluidos humanos, aunque sólo en algunos (ej., semen, secreciones vaginales)
presenta una concentración suficiente como para provocar una infección (Weber y
Weiss, 1988; Bayés, 1995).
Rápidamente
se observó que la amplia mayoría de infecciones VIH se habían producido a
través de la transmisión sexual, pues las minúsculas lesiones que se producen
durante la penetración (vaginal y anal) y otras prácticas sexuales (ej.,
buco-genitales) facilitaba que el virus VIH pasara a través del semen y de las
secreciones vaginales a la corriente sanguínea de su pareja. Además, factores
tales como mantener relaciones promiscuas, no usar preservativos, penetración
anal o contacto bucal-genital, incrementan el riesgo de adquirir dicha
infección (Gerberding y Sanding, 1989).
La
clara evidencia de la transmisión sexual del VIH ha producido un vuelco en la
concepción del manejo de este tipo de enfermedades. La única vía alternativa en
estos momentos para luchar contra esta enfermedad es la prevención, a través de
comportamientos que minimicen el riesgo (ej., uso de preservativos, mantener
relaciones monogámicas) (Bayés, 1995; Kaplan, 1987).
Uno
de los problemas más preocupantes a los que debe hacer frente nuestra sociedad
es el de los embarazos no deseados, en concreto, en el colectivo de las
adolescentes. Un embarazo no deseado en una adolescente supone un serio
problema para ella, su futuro hijo, sus padres, amigos y los servicios
sanitarios y educativos. Aunque, en las dos últimas décadas, se ha reducido de
modo acusado el número total de nacimientos en las jóvenes menores de 20 años
todavía los porcentajes siguen siendo especialmente altas, siendo, por ejemplo,
de un 4.8% para el año 1990 (ver Cáceres y Escudero, 1994).
Si
bien es cierto, que muchos padres adolescentes adoptan decisiones responsables
en caso de embarazo y proporcionan a sus hijos de un buen cuidado prenatal y
obstétrico. Sin embargo, muchos no lo hacen. Esto es, un gran número de
embarazos no deseados se acompañan de una incidencia desproporcionada de
mortalidad infantil, descuido y maltrato a los niños, terminando,
aproximadamente cuatro de cada diez embarazos dentro de este grupo en aborto o
malogros. Las madres adolescentes tienen un riesgo dos veces mayor de tener
anemia, preclamsia y complicaciones durante el parto, además, de un mayor
riesgo de mortalidad durante el mismo (OMS, 1976).
Por
otra parte, los hijos de madres adolescentes presentan una tasa de morbilidad y
mortalidad dos veces mayor que los bebés de las madres adultas, corriendo el
riego de experimentar más malformaciones congénitas, problemas de desarrollo,
retraso mental, ceguera, epilepsia y parálisis cerebral (Hunt, 1976). Por si
fuera poco, tanto los padres como sus hijos tienen que afrontar a corto, medio
y largo plazo una serie de adversidades sociales, legales, psicológicas, educativas
y económicas.

6. Desarrollo de un estilo de vida minimizador de
emociones negativas. Las
emociones negativas constituyen un riesgo para la salud. Estas influyen sobre
la salud a través de diferentes mecanismos. Quizás el más conocido es el Síndrome
General de Adaptación (SGA) (Selye, 1936, 1956), también denominado
estrés. Labrador (1992) define el estrés como: "Se considera que una
persona está en una situación estresante o bajo un estresor cuando debe hacer
frente a situaciones que implican demandas conductuales que le resultan
difíciles de realizar o satisfacer. Es decir, que el individuo se encuentre
estresado depende tanto de las demandas del medio como de sus propios recursos
para enfrentarse a él; o, si avanzamos un poco más, depende de las
discrepancias entre las demandas del medio, externo e interno, y la manera en
que el individuo percibe que puede dar respuesta a esas demandas" (p. 27).
Dicha
definición está acorde con el enfoque interaccional del estrés (ver Lazarus y
Folkman, 1986), que es el más aceptado de la actualidad, y que concibe a éste
como un proceso transaccional entre el individuo y la situación. Según dicho
enfoque, la naturaleza e intensidad de la reacción del estrés viene modulada,
al menos, por tres factores: en primer lugar, por el grado de amenaza que el
sujeto percibe en la situación; segundo, por la valoración que el individuo
hace de los recursos que cree tener para afrontar con éxito la demanda de la
situación; y, tercero, por la disponibilidad y el grado de afrontamiento que el
sujeto pone en marcha, para restablecer el equilibrio en la transacción
persona-ambiente.
La
cronicidad de este síndrome (SGA) conlleva un aumento de la vulnerabilidad del
individuo a padecer algún tipo de enfermedad (ej., incremento de glucocorticoides).
Los efectos neuroendocrinos e inmunitarios del estrés no constituyen un agente
patógeno específico, sino que representan un riesgo específico, que hace a los
sujetos más vulnerables ante las enfermedades (ej., enfermedad cardiovascular)
en general (Valdés y Flores, 1985)
No
sólo puede inducir directamente efectos psicológicos y fisiológicos que alteran
la salud, sino que también puede influir también sobre la salud de modo
indirecto, a través de la elicitación o mantenimiento de conductas
no saludables. Esto es, no sólo son importantes para la salud del individuo los
efectos a nivel orgánico que produzca el estrés u otras emociones negativas. Un
individuo que viva bajo situaciones estresantes es más probable que incremente
conductas de riesgo y reduzca todo tipo de conductas saludables. Por ejemplo,
en algunos estudios (ver Newcomb y Harlow, 1986) se encontró que el incremento
en el estrés estaba asociado a un incremento en el uso del alcohol y otras
drogas. También se ha comprobado que parte de los efectos negativos que tiene
el estrés sobre la salud proviene del hecho de que las personas sometidas a
estrés, especialmente de tipo laboral, presentan hábitos de salud peores
que las personas que no lo sufren (Wiebe y McCallum, 1986).
Se
ha sugerido que el apoyo social puede ser un factor modulador del estrés
importante para aquellas personas que viven bajo situaciones estresantes (ej.,
divorcio), pues practican más ejercicio físico y consumen menos tabaco o
alcohol cuando gozan de un nivel elevado de apoyo social, en contraste con
aquellas que cuentan con poco o ningún apoyo social (Addler y Matthews, 1994).
También se han sugerido distintas variables psicológicas como moduladoras de la
relación entre el estrés y la enfermedad. Unas contribuirían a favorecer la
salud (ej., dureza, optimismo, autoestima) y otras la perjudicarían (ej.,
conducta tipo A, conducta tipo C, alexitimia) (Sandín, 1995). Así, por ejemplo,
los individuos con un patrón de conducta tipo A reaccionan de modo diferente a
los estresores que aquellos con un patrón de conducta tipo B (Glass, 1977).
No
obstante, el concepto capital en el enfoque interaccional del estrés es el de
afrontamiento. Cuando se rompe el equilibrio en la transacción
persona-situación, el sujeto pone en marcha una serie de conductas, manifiestas
o encubiertas, con el objeto de restablecer el equilibrio. Por tanto, estos
procesos de afrontamiento también desempeñan un papel mediacional entre el
impacto de una situación dada y la respuesta de estrés del sujeto. Precisamente,
en esta línea, se han desarrollado todo un conjunto de técnicas para ayudar a
que la gente maneje el estrés (Labrador, 1992). Dotar al individuo de esos
recursos conductuales y cognitivos para hacer frente al estrés, parece ser la
vía más adecuada, para minimizar los efectos perjudiciales del mismo sobre la
salud.

7. Adherencia terapéutica. Para
que el consejo médico tenga repercusiones beneficiosas sobre la salud del
paciente, se deben tener en cuenta dos aspectos. En primer lugar, el consejo debe
ser acertado. En segundo lugar, debe ser seguido por el individuo (Brannon y
Feist, 1992). Pues bien, la realidad parece bien distinta, coincidiendo
plenamente con lo que expresa un acertado adagio castellano "de lo dicho a
lo hecho hay un trecho". A pesar de los considerables esfuerzos
desarrollados por los profesionales de la salud durante los últimos 50 años
para intentar solucionar la problemática de la ausencia de adherencia a los
régimenes terapéuticos, ésta es aún una asignatura pendiente en el campo de la
Psicología de la Salud (Demarbre, 1994). Uno de los problemas más importantes
con el que se puede encontrar un clínico en sus intervenciones es el de que el
paciente no sigue sus prescripciones, a pesar de disponer de procedimientos
eficaces para tratar o incluso prevenir los problemas.
Se
ha encontrado que las tasas de incidencia de adherencia a las recomendaciones
de los clínicos no suelen superar el 50%, con una oscilación entre el 30% al
60% (Meichenbaum y Turk, 1987), bien por olvido, por no comprender los mensajes
o por falta de acuerdo en cumplirlos. Todavía más preocupante es el hecho del
elevado número de personas que no se adhiere a los regímenes profilácticos
prescritos (ej., embarazadas que no toman los suplementos vitamínicos), llegándose
a situaciones como en el caso de la hipertensión en el que el incumplimiento de
las prescripciones médicas es más la norma que la excepción.
En el caso de las enfermedades
crónicas (ej., hipertensión), las consecuencias de la falta de adhesión al
tratamiento acarrea consecuencias muy negativas en la esfera física,
psicológica y social de los clientes, además de derivar en un coste importante
para la sociedad (ej., Epstein y Cluss, 1982). Por tanto, el incumplimiento y
no seguimiento de las prescripciones genera unos costes personales importantes,
en especial, en la calidad de vida que puede gozar la persona. Pero, además, se
está produciendo una mala utilización de los servicios de salud, con el
consiguiente e innecesario incremento de los costes sanitarios. Por contra, la
adherencia a las prescripciones de los clínicos evitaría visitas innecesarias
de los sujetos a los ambulatorios, hospitalizaciones innecesarias, etc. La
crucialidad de esta cuestión lo refleja muy acertadamente Bayés (1979) cuando
dice: "De qué nos servirá tratar de montar un gran aparato sanitario que
funcione a la perfección si luego la mitad de los pacientes no siguen las
prescripciones médicas o se equivocan al llevarlas a la práctica" (p. 38).
Fuente- http://www.alapsa.org/detalle/05/5.HTM